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Agua limpia, agua sucia

Fue por amor y obediencia a la Palabra de Dios, que Pedro dejó su patria y amigos para hacer la obra de Dios en el continente africano. Su esposa y sus pequeños hijos fueron juntos en la misión de conquistar las almas perdidas y llevarlas a los pies del Señor Jesús.

 

La vida en un país extraño, sin amigos y de otra cultura, trae siempre dificultades, y únicamente la fe en Dios puede dar fuerzas en esas ocasiones.

 

Aunque Pedro no conocía a nadie en aquella tierra, podría contar con el apoyo de otro pastor, hermano en la fe, soldado de la misma guerra que, ciertamente, se alegrará con su llegada y con quien encontraría orientación para el inicio de su ministerio, Pedro pensaba.

 

Comenzar fue difícil, tuvo problemas con los papeles del gobierno, inmigración, escuela para los niños. Pero él buscó y encontró.

 

Había un pastor en el país hacía muchos años, de otra iglesia. Era todo lo que Pedro precisaba en aquel momento. “Es una bendición de Dios”, pensó él.

 

La primera vez que se encontraron, las noticias que el misionero recibió del pastor no fueron muy buenas.

 

El hombre estaba extremadamente pesimista. Hablaba sólo de dificultades, de la imposibilidad de registrar junto al gobierno un nuevo trabajo, hablaba hasta de una posible guerra que estaba prevista para dentro de poco, finalmente, sugirió: “Pedro, sin duda usted vino en el momento errado.

 

Vuelva para su tierra y, quien sabe, de aquí a unos dos años usted puede volver. Usted tiene esposa e hijos, y no va a querer arriesgar la familia en una guerra, verdad.

 

El misionero notó que había algo extraño en el modo de hablar del pastor, pero, conversando con los otros radicados en el país, oyó lo mismo. Pero Pedro dijo para sí mismo: “Si ahora, el país está con tantas dificultades, es por eso que Dios necesita de hombres valientes aquí, que usen la fe y cambien la situación”.

 

Pedro no miró hacia atrás y continuó su camino, él conocía el poder de Dios, sabía de su llamado y no miraba para las dificultades. Dios lo ayudo y el trabajo de Pedro creció; y los pastores, que antes no ayudaron, lo único que hacían era continuar criticando todo lo que Pedro hacía.

 

Reflexión:

Éste episodio se parece a lo que sucede con el caballo, que cuando va a beber agua cristalina y pura, al ver la propia silueta en el reflejo de las aguas, piensa que hay otro animal que se acerca a beber, entonces pega con las patas en el agua, para espantarlo, pero lo único que hace es levanta la tierra del fondo y acaba por beber agua sucia por sus propias patadas.

 

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