Buques de la vida

Cierta vez, un hombre sabio fue al muelle para observar a los navíos que entraban y salían del puerto. Percibió que cuando un navío salía hacia alta mar, todas las personas allí en el muelle festejaban y deseaban un buen viaje. Mientras sucedía esto, otro navío entró en el puerto y atracó. De manera general, fue ignorado por la multitud.

 

El sabio se dirigió a las personas diciendo: “¡Estáis viendo las cosas al revés! Cuando un navío parte, no se sabe lo que le sucederá o cual será su fin. Por tanto, en verdad, no hay motivo para celebrar nada. Pero cuando un navío entra al puerto y ha llegado seguro, éste sí que es un motivo para que os alegréis.

 

La vida es ese viaje y nosotros somos el barco. Cuando nace un niño, lo festejamos. Cuando alguien muere, lloramos. Pero, si viésemos la vida en la tierra de la misma forma que el sabio veía el navío, tal vez podríamos decir: “El navío terminó su jornada, enfrentó las tempestades de la vida, y, finalmente, entró al puerto.

 

Reflexión:

“La vida es un viaje, para algunos largo, para otros corto, pero lo más importante es que ella sea realizada. Para eso, es necesario hacer este viaje teniendo la perfecta noción para donde se va después de la muerte y no sólo sabiendo que se va a algún lugar. El mapa está dentro de ti, y se llama objetivo de vida eterna”.

 

El final de la jornada e la tierra es la mayor alegría, para quien tiene absoluta certeza de la salvación de su alma y sabe para donde: “… para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarchitable, reservada en los cielos para vosotros que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero”. (1 Pedro 1:5).

 

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