El Regalo

Una vez vivió un gran guerrero. Aunque bastante viejo, él aún podía derrotar a cualquier retador. Su reputación se extendió a lo largo y ancho del país, y muchos estudiantes se reunieron para estudiar con él.

 

Un día, un infame joven guerrero llegó a la aldea. Estaba determinado en ser el primer hombre en derrotar al gran maestro. Junto con su fuerza, tenía una inexplicable habilidad de notar y de explotar cualquier debilidad en un adversario.

 

Ya en el comienzo del combate lo que hacía era esperar a que su rival hiciera el primer movimiento, de esa manera revelando una debilidad, y después golpeaba con una despiadada fuerza y una velocidad de relámpago. Nunca, nadie había durado en un combate con él, más allá del primer movimiento.

 

Muy en contra del consejo de sus preocupados estudiantes, el viejo maestro aceptó con mucho gusto el desafío del joven guerrero. Cuando los dos estuvieron en guardia para la lucha, el joven guerrero comenzó a lanzar insultos al viejo maestro. Tiró mugre y escupitajos en su cara. Por horas lo atacó verbalmente con cada maldición e insulto conocido por los hombres. Pero el viejo guerrero simplemente estaba parado allí, inmóvil y tranquilo. Finalmente, el joven guerrero se agotó. Sabiendo que había sido derrotado, se marchó, sintiéndose avergonzado.

 

Algo decepcionados porque no luchó con el insolente joven, los estudiantes se reunieron alrededor del viejo maestro y le preguntaron: “¿Cómo pudo usted aguantar tal indignidad?, ¿cómo lo alejó?”.

 

“Si alguien viene a darles un regalo y ustedes no lo reciben” contestó el maestro, “¿a quién pertenece el regalo?”.

 

En la mente es donde se crean argumentos negativos que conllevan a acciones descontroladas. Tener dominio propio, es la virtud de controlar las emociones.

 

La Palabra de Dios compara a una persona sin dominio propio a una ciudad que está a merced del enemigo: Como ciudad derribada y sin muro. Es el hombre cuyo espíritu no tiene rienda. (Proverbios 25:28).

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