Luz para el camino

Luz para el camino

Hace cientos de años en una ciudad de Oriente, había un hombre que caminaba por las oscuras calles llevando una lámpara de aceite encendida.

 

La ciudad era muy oscura principalmente en las noches sin luna.

 

En determinado momento, se encontró con un amigo. El amigo lo reconoció y le preguntó: —¿Bruno qué haces con una lámpara en la mano, si tu eres ciego?

 

El ciego le respondió: —Yo no llevo la lámpara para ver mi camino. Yo conozco las calles de memoria. Llevo la luz encendida para que otros encuentren su camino cuando me vean…

 

—No sólo es importante la luz que me guía a mí, sino también la que yo uso para que otros puedan también servirse de ella.

 

Podemos alumbrar nuestro propio camino y también ayudar con nuestra luz a que otros encuentren el suyo.

 

Alumbrar el camino de los otros no es tarea fácil. Muchas veces en lugar de ser luz y alumbrar a los demás, les aportamos nuestras propias sombras y les oscurecemos y dificultamos mucho más el camino. Son las sombras del desaliento, la crítica, el egoísmo, el desamor, el odio, el resentimiento…

 

El Señor Jesús dijo: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”. (Jun 8:12). Comprobamos con esto que este es uno de los privilegios que coheredamos con Él y por el cual el mundo verá la luz.

 

Es por esto que nos dice: “Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”. (Mateo 5:4).

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