crecer

No dejes de crecer

Una vez que la mujer se embaraza, sabe que cada mes se desarrollará su hijo; si el progreso del embarazo se dificulta, el médico lo declara como de alto riesgo. Es decir, en cualquier momento la madre puede abortar. Si el feto se desarrolla bien, al término de los nueve meses, nace.

 

Tras el nacimiento, el bebé evoluciona: va aumentando de peso, gatea y, más tarde, camina. Si en el primero y segundo año no habla ni camina, los padres saben que hay un problema, ya que su hijo dejó de desarrollarse.

 

Un proceso similar ocurre con muchos cristianos. A partir de que una persona empieza a acudir a la iglesia, podemos decir que se encuentra en el «vientre materno», pues allí comienza su desarrollo espiritual. Lo normal es que progrese en su vida con Dios mediante la oración, el ayuno, la meditación bíblica, la obediencia a los consejos divinos, etc., hasta lograr el nuevo nacimiento (adquirir la mente y el carácter de Dios).

 

Multitudes llegan a la iglesia buscando milagros. Incluso, con la práctica de su fe, reciben respuestas de Dios. No obstante, no asumen un compromiso con Él, por lo tanto, no desarrollan su espiritualidad. Prefieren seguir su propio camino. Ellos mismos ocasionan el «aborto».

 

Por otro lado, están quienes llegaron a la iglesia, aceptaron a Jesús como su único Dios, invirtieron en su desarrollo y nacieron de Él. Sin embargo, dejaron de crecer y hoy son viejos con cuerpo de niños, es decir, participan en las reuniones y en diversas actividades, pero no tienen al Espíritu Santo habitando en su interior. Dejaron de desarrollarse. Lo peor es que a muchos esto les parece normal.

 

«[…] no es fácil explicarles a ustedes todo, porque les cuesta mucho entender. Con el tiempo que llevan de haber creído en la buena noticia, ya deberían ser maestros. Sin embargo, todavía necesitan que se les expliquen las enseñanzas más sencillas acerca de Dios. Parecen niños pequeños, que no pueden comer alimentos sólidos, sino que solo toman leche. Son como niños recién nacidos, que aún no pueden distinguir entre lo bueno y lo malo. En cambio, los que sí saben distinguir entre lo bueno y lo malo, y están acostumbrados a hacerlo, son como la gente adulta, que ya puede comer alimentos sólidos» (Hebreos 5:11 al 14).

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